En las entrañas de un secuestro

Volver a nacer
creative commons licensed (BY-NC-ND) flickr photo by Pedro Glez.: http://flickr.com/photos/pitadel/3376601873

Llevaba ya ocho eternos meses encerrado en aquel oscuro y angosto zulo. No lo soportaba más. Apenas cabrían tres personas de mi tamaño. Sobrevivía a base de los restos de comida que cada indeterminadas horas alguien me proporcionaba. Ya no recordaba mi rostro. No sabía cómo olían las flores. Cómo brillaba el sol. Cómo se amaba. Lo que se sentía al ser amado. Cómo se andaba… Eran tantas cosas las que echaba de menos, como las que ni siquiera recordaba. Cada día me planteaba dejar de comer para así perecer y acabar con aquella insufrible tortura. Pero supuse que si alguien quería matarme lo hubiese hecho sin complicaciones, y no me hubiese dado alimento. Y eso me generaba unas pequeñas gotas de esperanza que beber cuando tuviese sed. De modo que allí continué, día tras día, hora tras hora, pensando, sin hacer nada. Algunas veces me movía, y otras no. Pero en todo momento hablaba con la soledad. La ventaja de conversar con ella es que nunca tuve que mover un solo labio para que me escuchase. De vez en cuando, se oían unas voces que provenían de ninguna parte. Decían cosas que no entendía. Otras veces, sonaban canciones, y me ponían muy nervioso. Pero ciertamente me acabé acostumbrando.

Cuando franqueé los ocho meses de mi cautiverio en aquella habitación, algo nuevo comenzó a suceder. Unos gritos ensordecedores comenzaron a retumbar en el interior del zulo. La soledad me dijo que eran los gritos del diablo, y en verdad lo parecían. Cada vez eran más atronadores. Y más, y más. Una fuerza empezó a tirar de mí. Creí que ya nada podría asustarme más que los primeros días que pasé en aquel minúsculo espacio, pero entonces volví a experimentar el miedo. No hablo de ese miedo que todos tuvimos al coco, no. Hablo de un verdadero terror inundando mis venas. Que marchitó mi alma. Que se instaló en mi cabeza. Que congeló mis entrañas. Que hizo retumbar el sístole acompasado de mi corazón.

Y aquel grito infernal continuó creciendo. Y más fuerte, si cabía. Una leve brisa comenzó a acariciar mi cuello y bajó por mi espalda. Un insoportable escalofrío.

Y entonces, lo que supuse que eran unas frías manos comenzaron a tirar de mí. Sentía como si mi cuello se separase de mis hombros. Un dolor inmenso, inexplicable. Y un último grito. Esta vez parecía de dolor y no era mío. Una luz, allí. Empecé a ver unas borrosas y pálidas caras que me observaban. Y con una ligereza repentina, atravesé aquel destello. Sentí cómo me golpeaban. Comencé a llorar descontroladamente.

Y así, sin más detalles, sin más lamentos, sin más dolor, fue como, el 21 de julio de 1998, nací. Tres kilos y medio.

Ahora, tras más de ocho insufribles meses allí encerrado, dicen que me parezco a mi padre, pero que los ojos son de mi madre.

Alejandro Tercero González, 1º de Bachillerato

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