Gritos ahogados

Coma. Cristina Cuerda Lloret. Todos los derechos reservados.
Coma. Cristina Cuerda Lloret. Todos los derechos reservados.

Notaba el suave roce de la sábana sobre la poca piel que me quedaba descubierta, la parte de arriba, junto a la nuca. Intento moverme. No puedo. Siento como una presión sobre mi pecho. Me aplasta. Me asfixio. No veo nada. Mis articulaciones están apagadas, soy como una tabla inerte que no quiere manifestar movimiento. Quiero escapar de esa presión, de la inmovilidad. No sé qué está pasando y eso me desconcierta. Necesito correr, me ahogo en mis propios gritos de auxilio. Ayuda, por favor. Poco a poco me relajo pensando que quizá así puedo volver en mí, averiguar qué demonios me pasa. Mi respiración se va regulando, esa presión ejercida sobre mi cuerpo se va desvaneciendo y me relajo lo más que puedo. Noto los latidos de mi nervioso corazón, uno por uno, bum, bum, bum bum. “Recuerda Ana, recuerda todo lo que puedas”, me digo a mí misma. Mi mente está en blanco, se ve que hoy nada que sea parte de mí quiere trabajar, ayudar, pero mi curiosidad aumenta, ¿qué me pasa? Y toda esa intranquilidad y presión vuelven a mi cuerpo. ¡No! Intento volver a relajarme, lo necesito. Tengo ganas de llorar. Aguanto. Calculo que más o menos han pasado un par de horas, no sé si es de día, noche, tarde… y de repente oigo un grito. Me asusto. Y comienzan a aflorar todo tipo de recuerdos. El primero de todos ellos es algo distorsionado, aparece una niña, soy yo. Estoy riéndome junto a un hombre mayor que ni siquiera conozco, me da cariño, me acaricia, me besa en la frente y me regala toda la ternura que alguien pueda tener en el interior de su alma. ¿Quién es? La imagen pronto desaparece de mi cabeza. No me lo puedo creer, mi mente está jugando conmigo, me quiere volver a poner nerviosa, lucha contra mí. Mi segunda imagen es mucho más clara y nítida: estoy sentada en mi habitación, intentando concentrándome para poder estudiar la lección de literatura; unos 15 años aproximadamente, cuatro menos de los que tengo ahora. Pero eso no es todo, ese recuerdo sí que me es familiar, cosa que no ocurre con la presencia del hombre que hay detrás de mí, observándome, intentando comunicarse conmigo a través de la mirada, el mismo de antes. Yo no le hago caso. Me habla, pero yo sigo absorta, y el sonríe, como si de alguna manera supiera que no puedo oírle pero sí sentirle. Sigo más confundida de lo que estaba. Me pregunto una vez más qué me está pasando, por qué no me puedo mover. Porque estoy recordando cosas que son insignificantes y la presencia del hombre desconocido me lía más, mucho más. Otra imagen, otro recuerdo viene a mí, pero de forma diferente a los otros. Está todo negro, oigo coches, sirenas de ambulancia, gritos de terror. De repente mi cuerpo se activa, es como si fueran recuerdos sensitivos. Noto suelo, asfalto tal vez. Sigue oscuro. Capto la presencia de un liquidillo que corre desde la frente a mi cuello. Huelo sangre. De repente son mis cinco sentidos los que se activan. Sigo en ese recuerdo. Además del asfalto, siento que mi cuerpo flaquea, sigo tendida en el suelo. Inerte. Siento cómo el aire me traspasa cada poro de la piel y cómo el sudor emana de mi frente. Mi lengua de repente saborea la sangre, saliva mezclada con esa sustancia roja que me provoca náuseas. Cristales, noto pequeños cristales. Y casi sin aviso, experimentando aquel recuerdo, la imagen aparece en todo el plano de mi mente. ¡Es un accidente de tráfico! Y me concentro en todos los detalles posibles. Es como si hubiera viajado al pasado, y tomo un papel de espectador dejando mi cuerpo, como si estuviese viendo una película verdaderamente aterradora. Todo ocurre en una carretera ancha, con árboles a ambos lados, en ambas aceras, con una distancia de aproximadamente cinco metros entre ellos. Anaranjados, como mi color favorito. Hay bullicio, gente en las aceras con semblantes serios, preocupación y curiosidad. Veo ambulancias, médicos, bomberos, y voluntarios sanitarios corriendo de un lado para otro. Estoy en medio de la carretera, estirada, con el cuerpo inmóvil, inerte, con mis vaqueros favoritos, y mi camisa verde, esa que tanto odia mi madre, llenos de sangre. Ojos almendrados cerrados, escondiendo el verde de mis iris. Mi cabello largo, moreno y ondulado, está muy alborotado, con pequeños cristales repartidos por mis mechones, la carretera y todo lo que haya en el espacio perturbador. Y en cada tira de mi sensible piel presento rasguños, arañazos, pero lo que más me asusta es mi cabeza. Con un gran golpe sobre la sien. Expulsa mucha sangre, como si mi cuerpo no la quisiera. Noto angustia. Qué pasa. A unos ocho metros de mí está mi magnifico Chevrolet Spark azul cielo totalmente destrozado, aplastado por delante, como si un martillo gigante hubiese descargado toda su furia contra él. Mi sorpresa y terror no cesan. A unos diez metros hay otra persona, no en las mismas condiciones desfavorables que yo, pero está herido, es un chico, y muy guapo, pero su físico no es un detalle en el que me pare a pensar. A su lado otro coche, un Citroën C4, con un gran golpe en la parte delantera que coincide con la abolladura de mi Chevrolet. Y de nuevo veo a ese hombre misterioso, el mismo que ha aparecido en mis otros recuerdos. Está enfrente de mí. De la chica tumbada en el suelo. Mira atónito. Llora, mucho. Y veo como sus labios crean una frase que me impacta más. No te vengas conmigo, te quiero, pero no a mi lado. Y sin esperarlo, oigo esa misma frase en mi oído. Vuelvo a mi sensación y situación primera, sobre las sábanas, inmóvil, pero ahora la que está observándome soy yo. Me miro ahí tumbada. Estoy de pie sobre la cama de una habitación de hospital. Es una habitación tenue, con muchos utensilios médicos en una bandeja sobre una cómoda de cuatro cajones, al lado, hay un armario del mismo color, blanco y una mesita cerca de mi cama. Estoy muy malherida. Tubos que salen y entran de mi cuerpo, un camisón pálido, vendajes por casi toda mi piel. El sonido de mi corazón suena débilmente y sigue el ritmo de la máquina que me examina por dentro. Ese hombre. Está a mi lado cogiéndome la mano. Quiero escapar. No sé qué me pasa, no entiendo absolutamente nada, he abandonado mi cuerpo como antes y veo la situación y me desconcierta. Estoy sufriendo. Noto otra vez esa presión, por todo mi cuerpo, pero ahora por lo que veo ante mis ojos. El hombre, sin previo aviso y con los ojos llorosos, me mira, a mi yo que está de pie, como si supiese que he abandonado mi cuerpo y dice: “Ana, vuelve a tu cuerpo, tienes que vivir, no puedes estar aquí, conmigo. Saca fuerzas, sal adelante, aún te quedan muchos años de experiencias y sensaciones. Lucha. Un coma no significa nada cuando tienes ganas de todo. Necesito que vivas por mí, hija”. Todo me da vueltas, veo mi otro yo postrado en la cama, a ese hombre mirándome. ¿Hija? ¿Qué significa eso? Yo nunca he tenido padre. Cierro los ojos. Quiero salir corriendo, despertarme de la pesadilla en la que me encuentro, estoy tan asustada y abrumada que no puedo ni llorar. Me ahogo. “Lucha”, me repito a mí misma. Y me desvanezco.

Cristina Cuerda Lloret.  1ºB mixto de Bachillerato. (Espero que te guste)

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