Un paseo a orillas del mar.

Paseo a orillas del mar
Joaquín Sorolla [Public domain or Public domain], via Wikimedia Commons
Un día de verano de 1909, mi amiga Amparo y yo íbamos paseando por la playa, contemplando todo lo de nuestro alrededor con mucho entusiasmo. A lo lejos vi una botella arrastrada por las olas, se lo dije a mi amiga y al instante la vio. Nos pusimos a decirles a los niños que estaban jugando en el agua que la cogieran para ver que contenía, pero ellos, o no nos oyeron o nos ignoraron completamente. La botella, se acercó a causa de las olas a la orilla donde Amparo y yo nos encontrábamos. La abrimos y dentro había un trozo de papel enrollado, lo estiramos para ver qué contenía y era un dibujo de nosotras paseando por la playa. Amparo y yo nos miramos la una a la otra un poco preocupadas. Yo le di la vuelta al papel; en la cara opuesta ponía “Sorolla”.

No entendíamos nada, y en lo único en lo que estábamos pensando era en quién había pintado ese cuadro, por qué y dónde; porque a nuestro alrededor no había nadie pintando ni ahora ni antes. Además la botella venía de otra playa o de otro lugar porque las olas la arrastraban de lo lejos.

El ruido de todos los niños hablando, sus madres llamándolos, hicieron que mi amiga y yo nos pusiéramos más nerviosas, por lo que nos cogimos de la mano muy fuerte y en unos instantes un rayo de sol iluminó muy fuerte y nos obligó a cerrar los ojos, impidiéndonos abrirlos. Nosotras aún cogidas de la mano y con los ojos bien cerrados, notamos una fuerte brisa de viento con humedad.

Al no haber ruido, únicamente el de las olas, nos tranquilizamos más, el rayo de sol se fue apagando y pudimos abrir los ojos. Al abrirlos nos encontrábamos mirando hacia el mar donde no había nadie. Nos soltamos de la mano y Amparo dijo: —¿Qué ha pasado, aquí no hay nadie? —Yo, mientras lo preguntaba, miraba hacia los lados intentando encontrar a alguien en la arena.

Las dos nos abrazábamos desesperadamente, cuando un hombre apareció por detrás dirigiéndose hacia nosotras. Se paró y nos dijo directamente:—Por fin os he encontrado—. Amparo le preguntó: —Pero, ¿tú quién eres?—, yo a la vez le dije:—¿Nos estaba buscando? Si no le conocemos—.

Él nos contestó diciéndonos:—Soy Joaquín y os conozco; ya os diré por qué. Ahora os contaré una leyenda:

—Hace mucho tiempo, unos piratas navegaban por el mar cuando su barco chocó contra un iceberg y se hundió, solo un tripulante sobrevivió gracias a que antes de que el barco terminara completamente de hundirse, cogió un bote salvavidas que después de varios días le llevó a una orilla, la orilla de Valencia. Se dice que el náufrago llevaba consigo el tesoro, pero no era un tesoro normal de estos que llevan joyas preciosas u oro. En éste tesoro había unas pinturas mágicas. Eran mágicas porque cada 100 años se genera una nueva pintura. Yo conservo una que me regalo un amigo mío que está un poco chiflado y me contó la leyenda. Pero como está chiflado, solo le creí yo.

Amparo y yo bastante confusas le dijimos: —¡Pero dinos ya de qué nos conoces!— Cuando él nos dio su respuesta nos quedamos boquiabiertas. —A eso me refería, yo os pinté en mi cuadro con aquella pintura que me regaló y fue la primera vez que la probé. Al terminar mi cuadro estaba tan cansado que me fui a una palmera de la playa a descansar. Cuando volví solo estaba la playa dibujada y vuestra sombra. Traté de pintaros, pero las cosas perfectas no se hacen de la noche a la mañana. Cuando os terminé de pintar, fue cuando aparecisteis en esta playa; una playa totalmente distinta a la que os encontrabais segundos antes de todo lo ocurrido—.

Yo le dije —¿Dónde estamos?— Él contestó: —Os encontráis en Valencia—. Amparo que es muy astuta le preguntó:  —¿Y cómo es que no estamos metidas en el cuadro?— El contestó preocupado:—A la mitad de pintaros me faltó pintura mágica y sin ella no podéis volver—. Amparo y yo nos comentamos sobre si queríamos volver y pensamos que no. Se lo dijimos a Joaquín pero él exclamó: —Pero, ¿por qué?; si no, ¿qué vais a hacer aquí?— Yo le contesté: —Nos gusta dar paseos por la playa y ver jugar a los niños en ella—. Amparo añadió:—En el cuadro no podríamos hacer esas cosas, porque estaríamos quietas, sin vida, sin sentir nada—. Joaquín nos contó que él era el único que nos podía ver y oír, y que en el cuadro hay una vida distinta a la real, que nos convenía estar en el cuadro y que eso sería lo que haríamos. Nosotras nos negamos pero él insistió. Estaba anocheciendo y el dijo:—¿Qué haríais vosotras ahora si no tuvierais a nadie, ni nada? Si no es porque estoy yo, ahora tendríais que dormir el la arena de la playa. Vamos a mi casa allí cenaremos y dormiremos—.

Al día siguiente Joaquín acudió a despertarnos. Nos levantamos y bajamos a la playa. Yo le dije a Joaquín:—esta noche he estado soñando sobre lo que ocurrió ayer, por qué detrás del papel que había en la botella estaba escrito “Sorolla”—. Él me contestó al instante:—Sorolla es mi apellido; pero ahora centrémonos en nuestra misión. Mi amigo me dio un mapa pero dijo que ese mapa era de la Cueva de San Juan, que se encuentra en Jalance, por lo que cogimos un tren que salía hacia allí. Al cabo de un rato llegamos a Jalance, pero tuvimos que llegar a pie a la montaña. Cuando íbamos a entrar a la cueva, vimos que estaba muy oscura pero Joaquín ya había pensado en eso y se había traído una antorcha apagada. La encendió y nos adentramos.

En la entrada habían dos pasillos y nos dirigimos, tal y como estaba señalado en el mapa, hacia el derecho. Al poco tiempo nos encontramos otros dos pasillos, esta vez cogimos el izquierdo, como estaba señalado en el mapa. Recorrimos un largo camino hasta llegar a un cruce donde debíamos elegir otra dirección. En aquel paseo nos habíamos encontrado algunas cosas, como unos cuantos huesos, que le hacían ilusión a Amparo por saber de qué ser serían. Yo, más bien, pasaba de los huesos. Joaquín se fijó muy bien en una pintura y, al poco rato, reconoció que era el mapa de la cueva pintado con sangre. Aquel mapa era completamente diferente al suyo. En aquel ponía que si escogía el camino que estaba señalado en el mapa de su amigo habría una trampa, y si escogía el opuesto encontraríamos el tesoro. No sabíamos qué hacer, pero pensamos que lo más seguro era que el de la pared fuera una trampa para no llegar al tesoro. Otra de las cosas que vimos y que más captó nuestra atención, fue una vía de tren oxidada, con unos vagones antiguos. Me asomé a un vagón, estaba lleno de tierra, y la intenté apartar hacia un lado. Al retirarla pude ver un trozo de papel. Lo cogí y lo observé. En una cara estaba dibujado otro mapa de la cueva, pero que no nos llevaba por ningún camino de los anteriores. Era similar a los otros dos pero este destacaba el camino que se hacía siguiendo las vías de tren.

En ese momento los tres estábamos confundidos y no tuvimos otra elección que separarnos. Ninguno estábamos de acuerdo. Joaquín decía:—¿Pero y si os pasa algo?, ¿cómo quedará mi cuadro sin ninguna o solo con una chica sola y triste por la desaparición o muerte de su amiga?—. Amparo añadió —¿Y si alguien encuentra el tesoro, cómo nos comunicaremos?—. Y yo repliqué —Pero si solo hay una antorcha, ¿cómo iluminaremos el camino cada uno?

A Amparo se le ocurrió la idea de coger varios palos y repartirlos para que cada uno tuviéramos de sobra por si se nos apagaban las antorchas.

No nos daba tiempo a pensar la solución de las otras preguntas formuladas. Cada uno escogimos un camino, nos despedimos bastante preocupados y nos dirigimos hacia él. Joaquín escogió el de la pintura de la pared, porque la recordaba de maravilla ya que a él le apasiona el arte. Amparo el del amigo de Joaquín por que sabía que a mí me hacía mucha ilusión ir por aquellas vías del otro mapa.

Me monté en un vagón pero no se movía. Mis amigos ya habían tomado el rumbo a su misión y yo tenía que hacerlo con la mía. Así que, salí de aquel vagón lo empujé y pronto comenzó a andar él solo. Salté rápidamente al vagón y comenzó a moverse con mayor rapidez. Joaquín, como supe después, andaba por las galerías indicadas en el mapa de la pintura al igual que Amparo. No obstante, ella paseaba por las del mapa del amigo de Joaquín.

Cuando llevaba un cuarto de hora observando las preciosidades de la cueva, mi vagón chocó contra una pared. Estaba rodeada de paredes de piedra. Solo podía salir retrocediendo a pie por las vías. Me detuve un momento y pensé: —Si construyeron aquí una vía, ¿por qué la cortaron?— Me fijé en las vías del tren y las seguí hasta el lugar donde había chocado mi vagón. ¡Al fin lo descubrí! La pared no acababa allí. Se veía que quizás cayeron muchas piedras y se cortó la vía. Después de estar un buen rato contemplándolas, me di cuenta de que había un sitio con una piedra bastante larga y que debajo no había nada. ¡Una salida!, ¡era un agujero! Aunque era bastante estrecho, me agaché y repté como nunca lo había hecho. Tardé bastante pero conseguí salir y seguí las vías.

Joaquín encontró preciosas pinturas que adornaban las paredes de su camino, contemplándolas todas con gran ilusión, se le hizo bastante tarde y sin entretenerse más se dispuso a seguir su camino.

Amparo, en su camino, había gran variedad de piedras preciosas y minerales, como: diamantes, esmeraldas, rubíes; también hierro, cuarzo y gran cantidad de roca caliza, de estalactitas y de estalagmitas. No se atrevió a coger nada por miedo a que hubiera alguna trampa.

Yo, después de estar tanto tiempo siguiendo las vías, descubrí una puerta, la verdad es que no sabía si atravesarla o seguir las vías. Al final decidí seguir las vías porque aquella puerta no estaba dibujada en el mapa y no sabía qué peligros podría encontrar tras ella. Pero al poco tiempo de seguir la vía, llegué al punto en el que se cortaba. Allí no había nada, y decidí retroceder hasta la puerta. La entorné y me asomé para ver lo que me podría encontrar. Pero solo reflejaba una preciosa luz blanquecina. Pasé. Era un pasillo, bastante estrecho y corto; al final hallé una puerta con un candado dorado. Me puse a buscar una llave, aunque, allí no había ninguna. Al rato caí en la cuenta de que podía ser que ese candado no se abriera con una llave sino con otro objeto. Busqué en la sala pero solo había cristalitos y varios dibujos pintados en la pared. Contemplé los dibujos, por si encontraba alguna pista. ¡Y la encontré! Los dibujos de la pared explicaban que el candado se abría al llenarlo por la ranura con piedrecitas. Lo llené y la puerta se abrió.

Joaquín también halló una puerta en un vestíbulo con decenas de cuadros. Leyó un papel que se encontraba en el pomo de la puerta. Allí estaba escrito:

Al girar el pomo de ésta puerta uno de estos cuadros se iluminará.

Tocarás el cuadro iluminado y pinturas te dará,

lo pintarás en la puerta y cuando acabado habrás,

a girar el pomo de la puerta volverás.

Joaquín hizo lo escrito; giró el pomo y se iluminó un cuadro en el que había cinco escenas, cada una con un número y una tonalidad de color distinto. Lo tocó y salieron esas pinturas en un tamaño reducido, y empezó a pintar en la puerta. Cuando acabó giró el pomo y la puerta se abrió.

Amparo llegó a una pared en la que había muchas variedades de piedras. La contempló y se dio cuenta de que también tenía forma de puerta. Enganchado entre unas piedras también encontró un trozo de papel en el que había unas instrucciones:

Elimina todas las piedras de esta puerta para poder pasar,

pero no te lleves ninguna o un gran castigo recibirás.

Las quitó con cuidado porque algunas eran muy puntiagudas. Al quitarlas todas, ¡la puerta no se abrió! Probó muchas cosas, pero la puerta seguía cerrada. Hasta que se dio cuenta de que llevaba una piedrecita muy afilada clavada en el zapato. Se la quitó y se abrió la puerta.

Todos pasamos a la vez por las puertas y… ¡estábamos juntos, en la misma sala! Nos abrazamos. Y vimos un cofre. Pero había que poner una combinación de cinco números, pensamos dónde habíamos visto cinco números. Joaquín se acordó del cuadro que tuvo que pintar; había cinco pinturas y cada una con un número distinto y una tonalidad distinta y probó con esa. ¡Era la combinación correcta! El cofre se abrió y pudimos contemplar tres pinturas. Joaquín las cogió pero antes de decidir por qué camino volveríamos, hallé una puerta al final de la sala. Mis amigos y yo la atravesamos sin ningún problema: trampas o acertijos. Y nos dirigimos a Valencia donde comeríamos y después Joaquín nos pintaría.

Comimos y nos dirigimos a la playa, Joaquín se fijó en el dibujo pintado en el papel de la botella para pintar el cuadro; pero antes de empezar, nos despedimos, porque no sabíamos cuándo volveríamos al cuadro. Joaquín empezó a pintar. Cada parte que pintaba nos desaparecía. Cuando nos terminó de pintar, no estábamos.

Al final, en el cuadro no se está tan mal; estoy con mi amiga y eso es lo que importa. En el cuadro también tenemos vida, aunque es muy distinta a la que vivimos esos dos días con Joaquín. Nos dimos cuenta de que él añadió otros detalles al cuadro, como la botella que encontramos y un libro en el que he escrito toda nuestra historia. Ninguno de nosotros olvidará la aventura que tuvimos esos dos días en el que aparecimos Amparo y yo y desaparecimos al siguiente. Esos tan especiales del verano de de 1909.

Todos los días pueden ser especiales y en ellos puedes encontrar una fantástica aventura para vivirla con tus amigos, tu familia. Con las personas que más quieres.

Nerea Rodenas Córcoles 1ºF de ESO