Vagando por una isla desierta

My Lonely Island
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Dicen que cuando algo desaparece, no lo hace del todo. Dicen que mientras perviva en ti, en tu mente, seguirá siempre ahí.

He pensado muchas veces en esos dichos, en esa especie de ánimo y no consigo aplicarlo a tu pérdida. No entiendo nada de esto, ¿sabes? Pero tengo que intentarlo. Te aseguro que jamás había pasado por tanto dolor, tanto vacío, hasta que te marchaste de mi vida. He perdido la cuenta de las veces en que me he maldecido a mí misma por no haber hecho nada por evitar que te fueses o, simplemente, por no haber sido más sensata en ese tiempo. Entonces tampoco sabía lo que era perder a alguien para siempre y, sinceramente, preferiría haberme quedado con esa duda y seguir viviendo en las películas de dibujos donde, si alguien muere, aparece en la siguiente escena.

Solo quiero pensar que zarpaste hacia una isla desierta; que perdiste el rumbo en la tormenta y ahora vagas muy lejos de aquí.

Se suele decir que no sabes lo que tienes hasta que lo pierdes y en mi caso me duele que fuese así. Me duele recordar tantas cosas a tu lado y saber que no volverán. Siempre echaré de menos todos tus besos, tus abrazos, tus regalos, tu sonrisa. Aún no he aprendido a vivir sin todo eso y espero que no me cueste mucho, aunque lo veo demasiado difícil.

Me has hecho falta en tantos momentos importantes, en tantos acontecimientos; y no quiero pensar la falta que me harás en toda la vida que me queda por delante.

Aún así, gracias por haberme enseñado a superar tantos obstáculos en mi vida y por haberme demostrado que era lo suficientemente fuerte como para seguir adelante a pesar de todo.

Siempre me quedaré con tus consejos sobre el futuro y con tu perfecta visión de la vida misma.

Puede que te hayas ido y, no te lo niego, puede que para siempre. Seguirás aquí el resto de mis días; el mismo tiempo que yo aprovecharé para gritarle a la vida que se equivocó y me quitó a una de las personas más valiosas que jamás he tenido.

Muchas felicidades al hombre de mi vida, quien me enseñó a ser tan fuerte como lo soy ahora y quien me hizo saber, con su partida, que no debo rendirme a causa de nada ni de nadie.

Lo que fue hermoso no se puede borrar, lo que es eterno no se puede matar.

Ni olvido ni perdono, mi vida.

Aurora Hidalgo Vázquez. 1º A de Bachillerato

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Diario de un tributo

Little Warrior
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Ya solo quedamos cuatro y todavía recuerdo cuando fui elegida para venir aquí. Cómo salió mi nombre en la cosecha junto con el de otro chico, cómo lloraba mi hermana pequeña cuando fui elegida como tributo; al igual que recuerdo lo último que me dijo mi madre: —María eres fuerte, no dejes que esos juegos te debiliten y recuerda que siempre estaremos de tu parte—.

Parece que fue ayer cuando subí al aerodeslizador que nos trajo a la arena, o cuando veía la cuenta atrás para salir del tubo. Todavía recuerdo a todos esos tributos que murieron en el baño de sangre, a todos los tributos que mataron por obtener las mejores armas.

Todo ha ocurrido tan rápido, tantos tributos muertos, tantas familias destrozadas por la pérdida de sus hijos, todas las esperanzas se han esfumado. ¡Y todo por culpa del Capitolio y sus juegos!

He de admitir, que cada vez que moría un tributo era una probabilidad más de ganar, y aquí estoy, solo con tres tributos más a los que tendría que matar para proclamarme vencedora. Pero no puedo, no seré ni he sido capaz de matar a nadie, siempre me ha costado matar a esos pobres animales para comer, y aunque sé que todos somos animales, nunca podría matar a una persona con mis propias manos.

Las cosas iban demasiado bien, seguía con vida y esto no habría sido posible sin mi mentor, que de vez en cuando mandaba paquetes con estofado de ciruelas, pavo asado recién cazado o puré de nabos que me venían de maravilla. Estuve a punto de morir de hambre si no hubiese sido por aquellos deliciosos manjares que rara vez me llegaban.

Los días transcurrían y cada vez había más tributos muertos, primero diez, luego doce… Ya no sabía qué hacer, si me encontraba con un tributo pacifista, me dejaría ir a cambio de alguna cosa que tuviera y él necesitara. Pero, si por el contrario era un asesino, habría tenido que aceptar una muerte inminente.

La verdad, desde el primer momento que vi la arena supe que el Capitolio la había creado para ver cómo moríamos de hambre. No hay demasiadas cosas que poder comer o demasiados sitios de donde se pueda sacar agua. Esas son las desventajas del desierto, solo unos cuántos lagartos se pueden divisar por las mañanas.

Llegados a este punto nunca creí que pudiera añorar tantas cosas aquí; mi madre, mi hermana. Incluso echo de menos esas vacas que repudiaba y ahora ni tan siquiera puedo recordar su olor. Ya apenas recuerdo ese lugar en el que todo el mundo compra y vende ganado para poder sobrevivir, ese lugar en el que me he criado, del que he comido las mejores carnes de Panem, mi distrito.

No sé si ganaré los juegos, aunque tengo bastantes esperanzas de ello. Seguro que mis padres se sienten orgullosos de tener una hija como yo. Cualquier padre lo haría llegado a estas circunstancias, pero realmente sé, que pase lo que pase, de aquí en adelante, siempre habrá juegos peores.

María Jávega Panadero, 1º A Bachillerato