Diario de un tributo

Little Warrior
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Ya solo quedamos cuatro y todavía recuerdo cuando fui elegida para venir aquí. Cómo salió mi nombre en la cosecha junto con el de otro chico, cómo lloraba mi hermana pequeña cuando fui elegida como tributo; al igual que recuerdo lo último que me dijo mi madre: —María eres fuerte, no dejes que esos juegos te debiliten y recuerda que siempre estaremos de tu parte—.

Parece que fue ayer cuando subí al aerodeslizador que nos trajo a la arena, o cuando veía la cuenta atrás para salir del tubo. Todavía recuerdo a todos esos tributos que murieron en el baño de sangre, a todos los tributos que mataron por obtener las mejores armas.

Todo ha ocurrido tan rápido, tantos tributos muertos, tantas familias destrozadas por la pérdida de sus hijos, todas las esperanzas se han esfumado. ¡Y todo por culpa del Capitolio y sus juegos!

He de admitir, que cada vez que moría un tributo era una probabilidad más de ganar, y aquí estoy, solo con tres tributos más a los que tendría que matar para proclamarme vencedora. Pero no puedo, no seré ni he sido capaz de matar a nadie, siempre me ha costado matar a esos pobres animales para comer, y aunque sé que todos somos animales, nunca podría matar a una persona con mis propias manos.

Las cosas iban demasiado bien, seguía con vida y esto no habría sido posible sin mi mentor, que de vez en cuando mandaba paquetes con estofado de ciruelas, pavo asado recién cazado o puré de nabos que me venían de maravilla. Estuve a punto de morir de hambre si no hubiese sido por aquellos deliciosos manjares que rara vez me llegaban.

Los días transcurrían y cada vez había más tributos muertos, primero diez, luego doce… Ya no sabía qué hacer, si me encontraba con un tributo pacifista, me dejaría ir a cambio de alguna cosa que tuviera y él necesitara. Pero, si por el contrario era un asesino, habría tenido que aceptar una muerte inminente.

La verdad, desde el primer momento que vi la arena supe que el Capitolio la había creado para ver cómo moríamos de hambre. No hay demasiadas cosas que poder comer o demasiados sitios de donde se pueda sacar agua. Esas son las desventajas del desierto, solo unos cuántos lagartos se pueden divisar por las mañanas.

Llegados a este punto nunca creí que pudiera añorar tantas cosas aquí; mi madre, mi hermana. Incluso echo de menos esas vacas que repudiaba y ahora ni tan siquiera puedo recordar su olor. Ya apenas recuerdo ese lugar en el que todo el mundo compra y vende ganado para poder sobrevivir, ese lugar en el que me he criado, del que he comido las mejores carnes de Panem, mi distrito.

No sé si ganaré los juegos, aunque tengo bastantes esperanzas de ello. Seguro que mis padres se sienten orgullosos de tener una hija como yo. Cualquier padre lo haría llegado a estas circunstancias, pero realmente sé, que pase lo que pase, de aquí en adelante, siempre habrá juegos peores.

María Jávega Panadero, 1º A Bachillerato