En las entrañas de un secuestro

Volver a nacer
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Llevaba ya ocho eternos meses encerrado en aquel oscuro y angosto zulo. No lo soportaba más. Apenas cabrían tres personas de mi tamaño. Sobrevivía a base de los restos de comida que cada indeterminadas horas alguien me proporcionaba. Ya no recordaba mi rostro. No sabía cómo olían las flores. Cómo brillaba el sol. Cómo se amaba. Lo que se sentía al ser amado. Cómo se andaba… Eran tantas cosas las que echaba de menos, como las que ni siquiera recordaba. Cada día me planteaba dejar de comer para así perecer y acabar con aquella insufrible tortura. Pero supuse que si alguien quería matarme lo hubiese hecho sin complicaciones, y no me hubiese dado alimento. Y eso me generaba unas pequeñas gotas de esperanza que beber cuando tuviese sed. De modo que allí continué, día tras día, hora tras hora, pensando, sin hacer nada. Algunas veces me movía, y otras no. Pero en todo momento hablaba con la soledad. La ventaja de conversar con ella es que nunca tuve que mover un solo labio para que me escuchase. De vez en cuando, se oían unas voces que provenían de ninguna parte. Decían cosas que no entendía. Otras veces, sonaban canciones, y me ponían muy nervioso. Pero ciertamente me acabé acostumbrando.

Cuando franqueé los ocho meses de mi cautiverio en aquella habitación, algo nuevo comenzó a suceder. Unos gritos ensordecedores comenzaron a retumbar en el interior del zulo. La soledad me dijo que eran los gritos del diablo, y en verdad lo parecían. Cada vez eran más atronadores. Y más, y más. Una fuerza empezó a tirar de mí. Creí que ya nada podría asustarme más que los primeros días que pasé en aquel minúsculo espacio, pero entonces volví a experimentar el miedo. No hablo de ese miedo que todos tuvimos al coco, no. Hablo de un verdadero terror inundando mis venas. Que marchitó mi alma. Que se instaló en mi cabeza. Que congeló mis entrañas. Que hizo retumbar el sístole acompasado de mi corazón.

Y aquel grito infernal continuó creciendo. Y más fuerte, si cabía. Una leve brisa comenzó a acariciar mi cuello y bajó por mi espalda. Un insoportable escalofrío.

Y entonces, lo que supuse que eran unas frías manos comenzaron a tirar de mí. Sentía como si mi cuello se separase de mis hombros. Un dolor inmenso, inexplicable. Y un último grito. Esta vez parecía de dolor y no era mío. Una luz, allí. Empecé a ver unas borrosas y pálidas caras que me observaban. Y con una ligereza repentina, atravesé aquel destello. Sentí cómo me golpeaban. Comencé a llorar descontroladamente.

Y así, sin más detalles, sin más lamentos, sin más dolor, fue como, el 21 de julio de 1998, nací. Tres kilos y medio.

Ahora, tras más de ocho insufribles meses allí encerrado, dicen que me parezco a mi padre, pero que los ojos son de mi madre.

Alejandro Tercero González, 1º de Bachillerato

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El ojo de la cerradura

Keyhole
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Me llamo Phillip Leron. La tarde del 23, dos hombres, vestidos de gendarmes, me cogieron por los brazos. Sin pedirme documentación alguna me metieron en un coche y me llevaron a una vieja casa cerca de Strand.

Se oía ruido de máquinas de escribir y teléfonos. Al final del pasillo había un distribuidor con tres puertas. Abrieron la de la izquierda, me empujaron dentro y cerraron con llave. La puerta no tenía pomo y estaba bien encajada, así que resultaba imposible abrirla o forzarla. Protesté golpeándola. Pronto me di cuenta que era del todo inútil.

Dos sillas, una mesa y una lámpara era todo lo que allí había. La ventana daba a un patio sin vida; estaba atornillada al marco y los cristales tenían una malla de acero. Por supuesto, estaba enrejada. Me senté y esperé por espacio de una hora. Anochecía. Cesaron los ruidos y oí como, en dirección a la calle, se cerraba una puerta. Me quedé sumido en el más absoluto silencio.

El sopor me estaba venciendo cuando oí un chirrido de goznes procedente del distribuidor. Me lancé hacia la puerta gritando que me abrieran y golpeándola con los puños. No hubo respuesta. Fue entonces cuando me agaché para mirar por el ojo de la cerradura. Allí estaba. En el centro del distribuidor. Giró la cabeza hacia mí y vi sus ojos incendiados de odio. Saltó como un felino hacia la puerta y yo retrocedí, aterrado, hasta el fondo de la habitación. La golpeaba y arañaba con una fuerza brutal, y gritaba, al mismo tiempo, en una lengua macabra e ininteligible. Imaginaba las astillas saltando del otro lado. Yo suplicaba agazapado en el suelo para que las bisagras no cedieran. No podía controlar el temblor de pánico que me dominaba. Parecía que en un instante saltarían los herrajes y el marco reventaría.

De pronto, todo cesó.

Permanecí en el suelo llorando de terror sin poder refrenarme. Había anochecido y lo único que alumbraba la estancia era la mortecina luz de la lámpara.

El silencio era sepulcral. Sentía el impulso incontenible de volver a mirar por aquel ojo y, al mismo tiempo, me horrorizaba la idea de volver a verla. Pasaron lo que creo fueron varias horas. Estaba entumecido por la postura. Me levanté temblando acercándome a la puerta con sigilo. Con un pavor indescriptible fui bajando despacio mi cara para llegar a la cerradura. Cuando faltaban unos pocos centímetros cerré los ojos. El deseo de mirar me dominaba y el miedo me atenazaba. Sabía que tras mi párpado cerrado estaba el ojo. En mi interior pujaban las dos fuerzas: deseo y terror. Por fin lo abrí.

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